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blog de anima kosmos

Esta pregunta me ha perseguido interminables días y noches de mi existencia. Me ha hecho cuestionarme, me ha hecho avanzar. También me ha dado miedo. Muchísimo. Durante casi 27 años.

¿sientes la energía?

Eso me preguntó mi padre, una tarde de septiembre, tras extender la mano hacia las dos tortugas de acuario, que hacían su vida de acuario, en la terraza del apartamento veraniego de unos queridos amigos en Castelldefels. Estábamos solos con ellas.

Yo extendí la mano.

Sí, claro, mentí. Él asintió, satisfecho, y sonrió.

Yo, con 19 años, no tenía ni idea de qué se suponía debía sentir.

¿sientes la energía?

Días más tarde, mi padre moría. De repente.

Regresaba a aquel lugar que había visitado cuatro años antes, durante una operación a corazón abierto, una embolia y un coma.

A aquel lugar del que casi nadie esperaba verle retornar, y del que volvió con una mirada perdida y soñadora, un corazón aún más grande, y una pregunta para su hija.

¿sientes la energía?

Y quieres

tragarte la respuesta,

tragarte la mentira,

tragarte a ti misma,

porque crees, sientes, sabes, que si hubieras sido sincera y honesta, se habría quedado más tiempo.

Para enseñarte. A sentir.

Para ayudarte a recordar. Lo que todos somos capaces de sentir. Y que yo, a mis 19 años, recién en segundo de Biología, había olvidado.

Qué paradójico. Aprender de la vida, sin ser capaz de sentirla.

¿sientes la energía?

La pregunta se entreteje contigo, se repite como un mantra. Pidiendo ser vivida, ser escuchada, ser vista.

Sentir y energía van de la mano, una misma y única cosa.

A mí sólo me habían hablado de medirla, de sus diferentes tipos, hasta de su capacidad de transformación, algo sin principio ni fin, que ni se creaba ni se destruía. Y que un señor de bigote y cara traviesa había demostrado que todo era energía. O, al menos, el todo material.

Nadie me había propuesto sentirla.

Hasta ese día. Y esa pregunta.

¿sientes la energía?

No me soltaba.

Podría haberme olvidado de ella. Como nos olvidamos de tantas cosas.

Pero esa pregunta, y esa respuesta, se enlazaban con el último momento a solas con mi padre, vivo, antes del día de su (para mí entonces) partida definitiva.

¿Cómo olvidar la pregunta?

¿Cómo soltar la conciencia de mi respuesta, inconsciente, con intención de agradar… tan falsa y tan verdadera al mismo tiempo?

Mi falsedad se me clavó hasta el fondo,

para que aprendiera a transformarla,

– como la energía- 

y a ser yo misma el camino a andar.

Un camino en transformación hacia la verdad, la verdad del sentir, la verdad de la energía.

¿sientes la energía?

Casi dos años después.

Mi cerebro es una tormenta eléctrica. Sinapsis tras sinapsis tras sinapsis produciéndose al unísono, en diferentes rincones de mi encéfalo, de ése del que me han hablado en clase, al que no puedo llegar ni ver y, por supuesto, tampoco sentir. No hay receptores ahí para sentirlo, dicen.

Y sin embargo, mientras intento concentrarme en el aula, enmedio de mi trastorno emocional adaptativo

cuadro depresivo-ansioso

rito de iniaciación

emociones bloqueadas tratando de erupcionar cual lava volcánica,

no consigo prestarle atención a otra cosa que a mis neuronas chisporroteando dentro de mi cráneo, como si fuera a freírme por dentro, sin que se produzca el trueno liberador.

¿Qué estoy sintiendo? ¿Cómo es posible?

No, seguro que es mentira. Otra mentira. No hay sensores ahí.

¿sientes la energía?

Pasa el tiempo.

Hubiera querido hacer artes marciales de chiquita, como Ralph Macchio, y poner cera y pulir cera, y el universo, en forma de mi madre, no quiso. Para que no me amoratara demasiado, me dijeron.

De joven descubro el taichi y, meses antes de la muerte de mi abuela , diez años tras la partida de mi padre, el universo me regala un retiro de taichi en Menorca. Un torreón de vigía, circular, de piedra, al lado del mar. Rodeado por el sol y el viento, esa tramontana que te sacude toda entera. Paseos, silencios, meditaciones, masajes…

… y una noche, tras cantar mantras en grupo en nuestro dormitorio abovedado, el cuenco tibetano me agarra de las entrañas, y me sube en lote por mi columna, del suelo al cielo, cual una espiral de ADN.

¿Podía ser?

¿Era esto la energía que debía sentir?

¿O imaginaciones mías?

¿Me seguía mintiendo?

¿sientes la energía?

El tiempo es cíclico. Y eterno presente.

Emociones bloqueadas queriendo salir y expresarse y transformarse, escapar de la prisión de la indiferencia social. Escarceos irregulares con el taichi y el chikung.

Chi, Qi, prana, pneuma… energía.

¿Será esto?

Tras una sesión de Jin Shin Jyutsu, y prácticas sucesivas de puenteo, una corriente orgásmica me recorre las piernas.

¿Perdón? ¿Qué es lo que estoy sintiendo?

¿Quéesestaalegríamanifestadafísicamenteenmisangre, QUECASIPUEDOESCUCHARLACANTAR?

Lo estoy flipando, seguro…

¿sientes la energía?

Me comprometo, entre otros viajes de sanación y memoria, ya en La Palma, con una rutina diaria que descubro (o me descubre) en un libro ruso de segunda mano, orientada a activar la energía de las manos.

Golpecitos, presiones, caricias, sacudidas… día tras día.

Siento algo en los momentos de reposo, de escucha. Algo en mis manos, que en ocasiones sube por mis brazos hacia el corazón.

¿Será esto? ¿Será esto lo que se esperaba que sintiera? ¿O es la simple reacción física de mi cuerpo a tanto golpecito?

¿Materia y energía no son lo mismo?

¿sientes la energía?

Mi mano se apoya en un árbol.

Descarga.

Sostengo una piedra volcánica en mis manos.

Descarga.

Mis ojos se cruzan con los de otro animal.

Descarga.

Acaricio.

Descarga.

Entro en un caserón, en un cementerio.

Descarga, descarga.

Contemplo el mar.

Descarga.

Miro al cielo.

Descarga.

Mis pies desnudos se apoyan en la tierra.

Descarga.

Descarga.

Descarga.

Lloro y río. Llegan emociones, sensaciones, mensajes. Energía.

¿Será esto, por fin?

Descarga.

¿sientes la energía?

Silencio.

Respiración.

Desbloqueo emocional.

Naturaleza.

Movimiento físico.

Masajes, artes marciales, música, terapia energética, arte.

Muchos caminos, más aún, que se entretejen para hacernos recordar, para llevarse con ellos las capas de olvido.

Caminos que sólo le servirán a la energía si tienen un destino claro: el corazón.

Un corazón abierto es un corazón que siente.

Que siente la energía.

La suya y la del mundo. Que son lo mismo.

A mi padre se lo abrieron con cirugía y lo mantuvo así. Mi cirugía ha supuesto más tiempo, menos precisión quirúrgica, pero también morir y renacer, muchas veces.

A día de hoy, habiendo cruzado el umbral de edad que tenía mi padre al partir, aún sigo abriéndolo. Todavía queda camino. Para andar la pregunta. Y, sin embargo, ya se ha convertido en una danza con la respuesta.

 

Ha estado ahí siempre, esperando a ser sentida, a ser reconocida, a ser recordada.

A fluir libre, cual arroyo y océano y lágrima, emoción.

E-moción.

La energía que lo mueve todo, que lo es todo, que es.

Vida. Amor. Conciencia.

El nombre no importa.

Sentirla, sí.

Han pasado tres por tres por tres años de la pregunta. Los símbolos son también energía.

¿sientes la energía?

Ahora sí.

Y la pregunta me da alas y raíces, y me convierte en puente. Ahora me abraza y me reconoce, y yo a ella, cada vez más.

Siento la energía, sí.

¿y tú?