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blog de anima kosmos

Nos ocultábamos en un rincón. Sin respirar casi. Procurando que no se oyera ni el corazón. Bajo muebles, detrás de cortinas, enmedio de arbustos… en silencio (a no ser que nos claváramos las zarzas o nos escondiéramos juntas más de una, entonces era algo complejo lo del silencio…).

No queríamos ser vistas, ser oídas, ser sentidas, ser encontradas. Bueno, sí. Sí queríamos ser vistas y encontradas, sólo que cuanto más tarde, mejor.

Cuanto más tarde mejor implicaba que no nos tocaba parar y encontrar a otros. Cuanto más tarde era que lo hacíamos realmente bien, eso. Que hacíamos realmente bien algo. Pero sí, queríamos que al final nos encontraran. Sino, era que se habían olvidado de nosotras. Que no importábamos. Tampoco queríamos eso.

Era un delicado equilibrio.

A mí me encantaba el escondite, pero al tener miopía desde chiquita, se me daban mejor aquellas versiones del juego en los que podía localizar a los demás usando otros sentidos diferentes a la vista. Entonces no me importaba parar. Entonces no me preocupaba por si lo hacía bien o no, me veían o no, importaba o no. Simplemente disfrutaba.

¿Mejor encontrar a que te encuentren?

Porque, en ocasiones, nos escondíamos por otros motivos que el simple y poderoso juego. Nos escondíamos porque sabíamos, sentíamos, que nos iban a castigar.

¿Por haber sido malas, malas de verdad?

No, habitualmente no era ése el caso. Nos castigaban por ser diferentes, por ser nosotras, por expresar cosas que no eran comprendidas, que daban miedo, que no era lo que se esperaba de nosotras. Porque el listón está muy alto en esta sociedad cuando eres pequeña (o lo estaba en mi generación).

No estoy culpabilizando a padres, madres, tutores o quien sea. Solían haber vivido lo mismo en su momento, y hacían lo que podían con lo que sabían.

¿Hace eso que duela menos?

Definitivamente, no.

A esa niña que habita dentro de nosotras, a la que se le han ido recortando formas de ser y expresarse, le sigue doliendo y jodiendo (con perdón, y sin él), un montón. Claro que sí.

Porque con los años aprendes muchísimo de eso de jugar al escondite. Sigue en la escuela, sigue con los amigos, sigue en el trabajo, en las relaciones… tapa, tapa, que no se vea.

Que no se vea todo lo que eres, que puede llevarte a ser quemada en la hoguera.

Porque no sé tú, , pero en mí hace unos años que ese miedo visceral emergió con fuerza. Un pánico atroz. Si me muestro, si me ven, si me encuentran, si salgo de mi escondite, tal como soy, esta vez no me libro.

Me queman fijo. O me estrangulan (cuando te han puesto el nombre por Isadora Duncan, y te han operado de las anginas, el cuello lo tienes más sensible de lo que parece; a cada cual sus traumas y sus historias). O me entierran viva. O lo que toque, lo que esté de moda en esos momentos.

Ah, que ya no está tan en boga lo de arder a lo bonzo? Seguro que hay alguna otra manera…

Y el miedo te agarra de las tripas, te estruja el corazón, te atenaza la garganta.

No, nena, no, tú mejor quietecita, calladita, que estás más mona, sonriente y obediente.

No seas guerrera, no seas sabia, no seas poderosa, no seas fuerza de la naturaleza, no seas soberana, no seas completa. O si quieres, en la intimidad, si vives sola; así con suerte te considerarán loca a tus espaldas.

Pero, por favor, no salgas del escondite. De aquel en el que has acabado metiéndote tú misma, y cuyas llaves maestras ya solo tienes tú.

Salir es peligroso, para ti, y para las demás. Si sales, si te muestras, das ejemplo. Y puede que otras hagan lo mismo. Puede que se sientan inspiradas, y que con un par de ovarios, cierren los ojos y den también ese paso fuera de la cueva. Con mucho coraje. Porque el miedo sigue ahí.

El miedo a ser juzgada. Y en nuestro interior, alimentamos a nuestras más acérrimas juezas, para mantenernos modositas dentro. Coñe, es que si dentro eso es así, cómo estará la cosa fuera!

Miedo a no merecernos brillar, a no merecernos ser íntegras y coherentes y únicas. Porque nos contaron que estábamos en falta. Y que precisamente era nuestra luz la falta más grande, el pecado más profundo.

Y ahora sigue siendo un delicado equilibrio, eso de jugar al escondite.

Queremos ser vistas, queremos ser encontradas. Queremos importar, queremos que nos recuerden. Sobre todo nosotras mismas.

Hemos estado demasiado tiempo escondidas. Esperando que otros nos encontraran, y así sentir que importábamos. Hemos dejado pedacitos nuestros bajo muebles, detrás de cortinas, enmedio de arbustos.

Yo al menos lo he hecho. A menudo jugando a mostrarme en exceso (o lo que era en exceso para mí), y luego salir corriendo a esconderme en la cueva más profunda para el resto de la eternidad. Que duraba lo que durase.

Ahora… quiero colocarme en un lugar diferente. Encontrarme yo misma, y contarme a mí misma, a esa niña, que sí importo. Y todos mis pedacitos repartidos por ahí, también.

Que vamos a juntarlos yendo de la mano, y que vamos a volver a encontrar a otros, simplemente iluminando.

Inspirando.

Hasta que no sea necesario, porque tú hayas salido también de tu escondite.

Con amor, desde el amor.

Ése es mi compromiso hoy contigo. Porque ése es mi compromiso ahora también conmigo.

No es casualidad que me haya venido a vivir a La Bombilla, al lado del faro. Toca recordar que soy luz. Y darme permiso para brillar.